Mostremos el amor de Dios cada día «Pon la misericordia en acción”
Mostremos el amor de Dios cada día
«Pon la misericordia en acción”
Una de las cosas que en Cuaresma debemos realizar es tener misericordia. Pero tenerla no es suficiente, debemos mostrarla al ponernos en acción.
“La misericordia se define como la inclinación del ánimo para compadecerse del mal ajeno, pero va más allá, pues es la compasión activa que nos impulsa a ayudar a los que sufren, como a perdonar y a consolar. Aunque el tema aparece a través de toda la Escritura, es en los Salmos donde más se menciona, aunque en ellos se hace referencia a la misericordia de Dios, como en el Sal 86,15 en el que se lee “Tú, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en misericordia y fidelidad,”; y lo repiten los Sal 103,8 y 145,8.
Entonces debemos tomar en cuenta que, la ternura y la misericordia de Dios son eternas y por eso podemos acudir, a través de la sagrada Confesión a pedirle a Dios por su bondad, por su inmensa compasión: misericordia, y pedirle que borre nuestra culpa, que limpie nuestro mal actuar contra el Padre. Debemos ir con confianza a confesarnos, confiados no en nuestros méritos, sino en su misericordia, que es eterna e infinita, siempre dispuesta al perdón. Y podemos decirle entonces, como dice el Sal 51,17b: “Un corazón contrito y humillado, tú, Dios, no lo desprecias.”
El señor nos pide que reconozcamos nuestras culpas, con humildad y sencillez. Por eso, vamos a quien está en lugar de Dios y haciendo sus veces, a pedir perdón. Por eso, la acusación de los pecados no consiste en la simple declaración de ellos, porque no se trata de un relato histórico de las ofensas que cometimos contra Dios, sino de una verdadera acusación de nuestras faltas. Por eso decimos, al iniciar nuestra confesión: “yo me acuso de…” y decimos nuestros pecados. Es una acusación dolorida de algo que desearíamos que no hubiese ocurrido nunca, en la que no cabe disimular nuestras faltas o disminuir nuestra responsabilidad. Por eso podemos decir como el salmista, “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad, y límpiame de mi pecado” y en el Sal 51,4-7 “No te acuerdes de los pecados y delitos de mi juventud, Acuérdate de mí conforme a Tu misericordia, Por Tu bondad, oh Señor”. Sal 25,4-7.
Entonces, no solo debemos confesar los pecados confiados en la misericordia de Dios, nosotros, como nuestro Señor Jesucristo, también debemos ser misericordiosos con nuestro prójimo, aun cuando nos hayan hecho algún mal.
Y en la Cuaresma, en este tiempo oportuno para cuidar el modo de recibir el sacramento de la penitencia, ese encuentro, siempre único y siempre distinto con Cristo que se hace presente en el sacerdote que nos acoge como buen pastor, y nos cura, nos limpia y nos fortalece. Con el sacramento de la reconciliación se cumple lo que el Señor había prometido a través del profeta Ezequiel que dice en 34,15-16: “Yo mismo pastorearé mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma.” Debemos acudir a ese acto sacramental para ver que la Gloria del amor de Dios y el amor a Dios cuenta más que nuestros pecados, porque se trata de mirar mucho más a Jesús que a nosotros mismos. Más a su bondad que a nuestra miseria, pues la vida interior es un diálogo de amor en el que Dios es siempre el punto de referencia. Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, hemos pedido perdón y son también muchas, las veces que nos ha perdonado el Señor, por eso, al finalizar cada día, al hacer el recuento de nuestras obras, digamos “Dios mío, ten Misericordia de mi”, porque cada uno de nosotros sabe cuánto necesita de la misericordia divina. Y entonces nosotros como seguidores de nuestro señor Jesús, debemos ser misericordiosos con los demás.
Cuaresma es un tiempo particularmente adecuado para despertar y educar nuestra conciencia, por eso, la Iglesia nos recuerda en este período, la necesidad de acudir a confesión sacramental para que todos podamos vivir la resurrección de Cristo, no solo en la liturgia, sino también en nuestra alma. Y si nosotros sentimos la necesidad del perdón, de ser perdonados por la misericordia de Dios, cuánto más debemos ser, también como él, misericordiosos para con los demás.
Por eso te recuerdo, querido oyente, que la conciencia es la luz del alma. Si escuchas la voz de Dios, no endurezcas tu corazón. Eso es lo que nos repite la liturgia todos los días en este tiempo litúrgico. Cada día de formas muy diversas, Dios habla al corazón de cada uno de nosotros.
Nuestra oración durante la Cuaresma va dirigida a despertar la conciencia a sensibilizarla a la voz de Dios. No endurezcan el corazón, dice el salmista. En efecto, la muerte de la conciencia, su indiferencia al bien y al mal y sus desviaciones son una gran amenaza para el hombre. Indirectamente son también una amenaza para la sociedad, porque en último término, de la conciencia humana depende el nivel de moralidad de la sociedad. Nuestra conciencia es la luz de nuestra alma, de lo más profundo de nuestro ser, y si se apaga, quedaremos a oscuras y podremos cometer todos los abusos posibles contra nosotros mismos y contra los demás. Por eso pone el Señor a todos los cristianos en el mundo, para que, con la luz de Cristo, señalemos el camino a los demás. Y esto lo podemos hacer con nuestra palabra y particularmente a través de nuestro comportamiento, nuestro testimonio. Esto significa que debemos ser humildes y tener un espíritu de servicio, porque sin humildad no es posible servir a los demás. Y podemos hacer desgraciados a quienes nos rodean, debemos pues imitar en el servicio a Jesús, que es el ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás. Y de modo particular, hemos de servir a aquellos a quienes el Señor ha puesto junto a nosotros, a los que pasan por nuestra vida.
Como escuchaste, también los seres humanos podemos ejercer misericordia. Numerosos pasajes de las Sagradas Escrituras nos llaman a ser misericordiosos, como en Lc 6,36 donde Jesús nos impulsa a serlo cuando dice: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso.” Y hace énfasis en que debemos serlo, pues así nosotros alcanzaremos la misericordia divina. En Mt 5,7 dice: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Este llamado se refleja en la vida de nuestro Señor, quien, hasta el momento previo a morir, mostró compasión con todos, incluso con los que le hicieron daño. Dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Lc 23,34.
“El Papa Francisco nos invita a mirar la misericordia como el corazón mismo del Evangelio. No se trata únicamente de sentir lástima, sino de actuar con amor, de abrir nuestros corazones y manos para tender ayuda a nuestros hermanos. Así, la misericordia se convierte en un puente que une el amor de Dios, que llevamos en el corazón, con nuestras acciones cotidianas.” Y así, al imitar el actuar de Jesús, manifestamos que somos verdaderamente discípulos suyos.
Podemos ilustrar esto con un ejemplo muy sencillo pero que iluminará lo que es actuar con misericordia: “Imagina a alguien que, en medio de sus propias dificultades, se detiene a consolar a un vecino afligido. Ese gesto, aunque pequeño, es una semilla de la misericordia que puede transformar vidas.”
Ahora bien, el gran desafío es pasar de lo teórico a la práctica. Por ello debemos empezar a vivir la misericordia en pequeños gestos diarios, como ofrecer una palabra de aliento a quien lo necesita, perdonar a quien nos ha herido, ayudar a un vecino o a un desconocido en apuros, o incluso dedicar tiempo para escuchar a alguien que se siente solo.
Como testimonio y ejemplo real puedo decir que un grupo de jóvenes una vez por semana se reúnen para llevar comida a personas en situación de vulnerabilidad. Estos actos reflejan el mensaje del Evangelio, y hace palpable el amor de Dios. Asimismo, muchos de nosotros hemos vivido momentos en los que un acto de perdón o de compasión ha cambiado el día, o incluso la vida, a nosotros y a quien hemos servido.
Con esto comprendemos que hay una conexión entre fe y servicio, pues la misericordia no es solo una virtud interna, sino que se manifiesta en el servicio activo, no se trata solamente de desear hacer algo bueno, sino de realizarlo. Así como Cristo nos mostró el camino, nosotros podemos transformar nuestro entorno cuando nos comprometemos a ser sus manos y pies en el mundo, con cada uno de los que se crucen en nuestro camino, a quienes les podemos dar el mejor regalo de su vida, al actuar misericordiosamente con ellos y presentarles así a Jesús.
Te invito a que pienses: ¿Dónde podrías practicar un acto de misericordia hoy? ¿A quién podrías tender la mano? Toma en cuenta que la transformación de una vida puede darse gracias a los actos de bondad que realicemos cada uno de nosotros.
Durante la próxima semana, te reto a que realices al menos un acto de misericordia. Puede ser algo pequeño, como escuchar a alguien sin juzgar, o ayudar a resolver un problema cotidiano, pero en cada acto de bondad, cuenta del amor de Jesús, de su obra, de la salvación que vino a darnos. Reflexiona luego sobre cómo ese gesto impactó tu vida y la de esa persona.
La práctica de la misericordia también implica un compromiso con la oración y la meditación, porque al abrir nuestro corazón en oración para que Dios nos conduzca, aprendemos a reconocer las necesidades de los demás y a actuar con amor genuino, imitando el ejemplo de nuestro Señor Jesús.
Para concluir, recordemos que la misericordia es un camino de transformación personal y también comunitaria. No se trata de lograr una perfección inalcanzable, sino de vivir cada día con el compromiso de extender el amor y la compasión de Dios. Cada gesto de misericordia, sobre todo si va encaminada a mostrar a Jesús como Salvador de la humanidad, es una semilla que, al ser cultivada, puede florecer en acciones que transformen nuestro entorno. Por ello querido oyente, muestra el amor de Dios cada día, poniendo en acción la misericordia.
Que así sea para para gloria de Dios, bendición tuya y de aquellos a los que sirvas con amor.


