EL MOTIVO DE NUESTRA ALEGRÍA
EL MOTIVO DE NUESTRA ALEGRÍA
En este tiempo de Cuaresma, también debemos mantenernos alegres, debemos mostrarnos así ante todos, pues aunque vamos acercándonos a la celebración de la pasión de nuestro Señor y Salvador, que Él como el cordero perfecto, fue voluntariamente a ese sufrimiento y a morir en la cruz, pues así conseguiría para nosotros el perdón de nuestros pecados, como recordamos en cada Misa cuando en la consagración del pan y del vino recordamos las palabras de Jesús que “Durante la cena, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y dándolo a sus discípulos, dijo: –Tomen y coman; esto es mi cuerpo. Tomó luego un cáliz y, después de dar gracias, lo dio a los discípulos diciendo: –Beban todos de él, porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados.” Mt 26,26-28.
La alegría es una característica esencial del cristiano y la Iglesia nos lo recuerda en este tiempo de Cuaresma para que no olvidemos que debe estar presente en todos los momentos de nuestra vida. Tengamos claro también, que la alegría es compatible con la mortificación y el dolor. Se le opone a la tristeza, sí, pero no a la penitencia.
La alegría tiene un origen espiritual que surge de un corazón que ama y se siente amado por Dios. Es una alegría que se pone de relieve en la esperanza de la pascua. La fiesta de la Pascua (del griego paska, a su vez del hebreo pesaj, que significa «paso», «pasar») es la mayor celebración del calendario litúrgico cristiano, pues conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que es el evento central de la fe cristiana pues es el triunfo de Jesús sobre el pecado y la muerte.
Con el nombre de Pascua se trata de establecer su paralelo con la Pascua judía que recuerda el «paso» del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto hacia la libertad y, eventualmente, a la Tierra Prometida, con nuestro paso de una vida de pecado a una vida nueva, pues por Cristo somos transformados en nuevas criaturas. San Pablo explica esto cuando dice en 2 Co 5,17: “De modo que si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha comenzado algo nuevo.” y en Ro 6,4: “Por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva.”
Jesús, Hijo de Dios encarnado, asume sobre sí las consecuencias del pecado de toda la humanidad, redimiéndonos de ellas y liberándonos a una vida transformada. Debe quedarnos claro entonces, que para los cristianos significa el paso de todos nosotros de una realidad de esclavitud del pecado a una vida en plenitud basada en el amor.
Ya avanzada la Cuaresma, es bueno que meditemos en la alegría de la cruz, en lo que la cruz representa. Es siempre el mismo gozo de estar junto a Cristo y cada uno de nosotros podemos decir con plena verdad, como dijo San Pablo en Gal 2, 20: “Me amó y se entregó por mí.” Y conocer eso debe ser el motivo de nuestra alegría más profunda, así como nuestra fuerza y nuestro sostén.
Ahora bien, debes saber que la alegría es compatible con la mortificación y el dolor y que lo que se opone a la alegría es la tristeza, no la penitencia que la Iglesia recomienda en este tiempo para que, dominando nuestro cuerpo fortalezcamos nuestro espíritu y vivamos plenamente este tiempo litúrgico que lleva a la pasión y, por tanto, hacia el dolor de nuestro Señor y Salvador. Acercarnos a la cruz significa también, que el momento de celebrar nuestra redención se acerca y por eso nos alegramos.
La mortificación, el ayuno, la penitencia que ofrecimos y estamos viviendo estos días no debe ensombrecer nuestra alegría interior sino todo lo contrario, debe hacerla crecer, porque el momento en el que celebramos nuestra redención se acerca. La gran manifestación del amor del Hijo de Dios por los hombres, que es la pasión, se aproxima. La Pascua está cerca, y debemos estar unidos al Señor para que también en nuestra vida se repita una vez más el proceso de llegar, por su pasión y su cruz, a la Gloria y a la alegría de su resurrección.
En Fil 4,4 dice San Pablo: “Alégrense siempre en el Señor. Se los repito. Alégrense.” Se refería aquí a una alegría interior que también se debe manifestar en nuestro exterior, esa alegría es la expresión más noble porque es la que manifiesta el hombre cuando encuentra la satisfacción de la posesión de Dios, a quien lleva en el corazón y ama como el bien supremo e inalterable.
Al principio de la Exortación Apostólica Evangelii Gaudium o La Alegría del Evangelio, el Papa Francisco dice: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.” Más adelante dice: “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil producir alegría, porque la alegría tiene otro origen, es espiritual. Con frecuencia el dinero, la comodidad y la seguridad material no faltan, sin embargo, el tedio, la aflicción y la tristeza desgraciadamente, siguen formando parte de la vida de muchas personas.” El cristiano entiende esas ideas y sabe que la alegría surge de un corazón que se siente amado por Dios y que a su vez ama al señor con locura, con un corazón que se esfuerza, además, para que ese amor a Dios se traduzca en obras, como he mencionado en temas anteriores sobre el servicio al prójimo con amor y por amor.
Algo más, el corazón que está en unión y en paz con Dios, aunque se sabe pecador, acude a la fuente del perdón, que es Cristo, en el Sacramento de la Reconciliación o Confesión que en este tiempo la Iglesia motiva y facilita.
Los sufrimientos y las tribulaciones acompañan a todos, pero el sufrimiento por sí solo no solo no transforma ni purifica, sino que puede ser motivo de rebeldía y desamor. Algunos cristianos se separan del Señor cuando llegan hasta la cruz, son aquellos que esperan una felicidad puramente humana, libre de dolor y acompañada de bienes naturales, pero el Señor nos pide que perdamos el miedo al dolor, a las tribulaciones y nos reunamos con él que nos espera en la cruz. Allí nuestra alma quedará purificada, nuestro amor más firme y comprenderemos que la alegría está muy cerca de la cruz, que nunca seremos felices si no nos unimos a Cristo en la cruz. Lo repito, nunca seremos felices si no nos unimos a Cristo en la cruz. Y que nunca sabremos amar si no amamos el sacrificio. Estas afirmaciones, que por la razón parecen injustas y sin sentido, son necesarias para nuestra santidad personal y para la salvación de muchas almas.
Nuestro dolor, unido a los sufrimientos de Cristo, adquiere un valor inmenso para toda la iglesia y para la humanidad entera. El Señor nos hace ver si acudimos a él con humildad, que todo, incluso aquello que tiene menos explicación humana, concurre para el bien de los que aman a Dios, como dice San Pablo en Ro 8,28. El dolor, cuando se le da su sentido, cuando sirve para amar, produce paz y una profunda alegría. Por eso hemos de recorrer el camino de la entrega a Jesús con la cruz a cuestas, pero con una sonrisa en los labios, porque el cristiano se da a Dios y a los demás, se mortifica y se exige, soporta las contrariedades y todo eso lo hace con alegría, para agradar a Dios, y porque Dios ama al que da con alegría. Y esas cosas pierden su valor si se las hace a regañadientes. No tiene que sorprendernos que la mortificación y la penitencia nos cuesten, lo importante es que sepamos llevarlas con decisión, con la alegría de agradar a Dios.
Aunque no hay palabras para expresar todo lo que se siente en el corazón al saberse perdonado por el sacrificio de Jesús, quien se sabe perdonado, conoce ese sentimiento y el gozo interior que produce. La experiencia que nos transmiten los santos en ese sentido es unánime; recordemos por ejemplo, la confidencia que hace el Apóstol San Pablo a los corintios cuando dice: “Estoy tan orgulloso de ustedes y tan lleno de consuelo que la alegría supera todos nuestros sufrimientos.” 2Co 7,4. Y recordamos que la vida de San Pablo no fue fácil ni cómoda, como dice él mismo en 2 Co 11,24-27: “Cinco veces recibí de los judíos 40 azotes menos 1. Tres veces fui azotado con varas. Una vez fui lapidado. Tres veces naufragué un día y una noche pasé náufrago en alta mar. En mis frecuentes viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, Peligros en despoblado. Peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, trabajos y fatigas frecuentes, vigilias con hambre y sed en frecuentes ayunos con frío y desnudez.”
Estamos cerca de la Semana Santa y la Pascua, por tanto, del perdón, la misericordia, la compasión divina y la sobreabundancia de la gracia, por lo que, si has tenido miedo o vergüenza al Sacramento de la Reconciliación, llénate de valor, pensando en que el tiempo es breve y la respuesta que obtendrás en nombre de Jesús, el perdón de los pecados, es grande y liberadora.
Por lo que, si en tu vida estás pasando por momentos amargos, estás padeciendo sufrimientos, experimentando incomprensiones y has caído en pecado, debes dirigir tus pensamientos rápidamente a Jesús que te ama siempre y que con su amor ilimitado te ayudará a superar toda prueba, llenará todos tus vacíos, perdonará todos tus pecados y te llevará nuevamente hacia el camino seguro y alegre que finalmente lleva al gozo de la presencia del Padre, y eso también es motivo de alegría.
Lo mismo para con el ayuno o cualquier sacrificio que ofrezcas, el cual, sin relación con la pequeñez de tu esfuerzo, debes ofrecerlo para seguir con alegría a Jesús a Jerusalén, al calvario y hasta la cruz. Además, al aceptar la voluntad divina, dejas de tener miedo a la cruz y se van las preocupaciones y los sufrimientos, pues sabiendo lo que significa, al abrazar la cruz eres feliz. Porque en esa cruz está el Señor Jesús que vino a conseguirte el perdón de tus pecados y a darte vida nueva, vida plena para que disfrutes de libertad. Y como dice el Papa Francisco: “Si ustedes mantienen viva esa alegría con Jesús, nadie se la puede quitar, nadie. Cuiden la alegría que unifica todo en saberse amado por el Señor.”
Lleva pues, con alegría verdadera, la ternura y el amor de Jesús a tu prójimo, presentando así la vida que todos pueden disfrutar si aceptando su sacrificio por el perdón de sus pecados, lo dejan entrar a su corazón y se dejan conducir por sus enseñanzas.
Que así sea para honra y gloria de nuestro Señor y Salvador, para tu bendición y la de aquellos a los que les presentes a Jesús, el motivo de tu alegría.


