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DE LA ENCARNACIÓN AL SACRIFICIO EN LA CRUZ

DE LA ENCARNACIÓN A LA CRUZ
Segunda parte
El sentido de la Cruz de Cristo

Escuchamos en el programa anterior sobre lo que las profecías decían sobre Jesús, y hoy explicaré el sentido de la Cruz de Cristo, para lo cual conoceremos algunos antecedentes sobre el misterio de la Cruz que se encuadra en el plan de Dios para la salvación de los hombres y la venida de Jesús al mundo.
Para iniciar, el sentido de la creación, tiene por finalidad, nuestra unión con Dios, pero, el pecado alteró el orden de la creación y el hombre dejó de ver el mundo como una obra de bondad, de paz, armonía y amor, y lo convirtió en una realidad equivocada pues puso su esperanza en las creaturas y se fijó metas materiales, opuestas al plan de Dios para los hombres, por lo que la venida de Jesucristo al mundo tuvo como finalidad reimplantar en el mundo el proyecto de Dios y conducirlo a su destino: “la unión con Él”. Para llevar a cabo ese proyecto, Jesús asumió la realidad humana degradada por el pecado, la hizo suya, y la ofreció con amor a Dios Padre. De este modo Jesús devolvió a cada relación y situación humana su verdadero sentido, que es depender de Dios Padre.
El fin de la venida de Jesús lo realizó con su vida entera y sus misterios, con los que glorifica plenamente al Padre, pues como muestran los Evangelios, cada acontecimiento y cada etapa de su vida tiene una finalidad específica en lo que respecta a su objetivo que es “la salvación de todos los hombres”.
La finalidad del misterio de la Cruz es cancelar el pecado del mundo como dijo San Juan Bautista al ver a Jesús como leemos en Jn 1, 29: “¡Miren, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”, lo cual es algo completamente necesario para que se realice la unión filial con Dios, que es el objetivo último del plan de salvación de Dios.
Jesús canceló el pecado del mundo cargándolo sobre sus hombros y anulándolo en la justicia de su corazón. En esto consiste esencialmente el misterio de la Cruz: a) Cargó con nuestros pecados. Lo indica, la historia de su pasión y muerte relatada en los Evangelios. Siendo el Hijo de Dios encarnado y no de un hombre cualquiera, más o menos santo, su sacrificio tiene un valor y una eficacia universales, que alcanzan a toda la raza humana.
Isaías presenta así la figura de Jesús: «se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca» Is 53, 7 Aceptó libremente los sufrimientos físicos y morales, impuestos por la injusticia de los pecadores, y así asumió todos los pecados de los hombres. Por lo que, cada hecho o insulto que ofende a una persona y atenta contra su dignidad, su honor, su credibilidad es, de algún modo, causa de la muerte de Cristo.
Por ello dice 1 Pe 2, 24: “Cristo mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que nosotros muramos al pecado y vivamos una vida de rectitud. Cristo fue herido para que ustedes fueran sanados.” Al entregarse Cristo a la muerte en la cruz, eliminó el pecado, no se limitó a aliviar la carga de nuestros pecados, sino que los eliminó. Pues llevó los sufrimientos en la justicia inocente, de quien ama al pecador y por ello busca perdonar las ofensas por amor, por ello ofreció al Padre sus sufrimientos y su muerte en nuestro favor, para obtener nuestro perdón, como había profetizado Is 53, 5: “Fue traspasado a causa de nuestra rebeldía, fue atormentado a causa de nuestras maldades; el castigo que sufrió nos trajo la paz, por sus heridas alcanzamos la salud”.
Notamos entonces que la Cruz revela la misericordia y la justicia de Dios porque la eliminación del pecado es fruto de la muerte de Cristo en la Cruz y de ese fruto se apropia el hombre a través de los sacramentos, sobre todo el de la Reconciliación y se apropiará definitivamente después de esta vida, si fue fiel a Dios.
Y esa fidelidad es posible gracias a que, por la Cruz, podemos, todos los hombres, vivir alejados del pecado e integrar los sufrimientos y la muerte a nuestro camino hacia la santidad.
Dios quiso salvar el mundo por la Cruz, pero no porque ame el dolor o el sufrimiento, pues Él sólo ama el bien y hacer el bien. Hay Cruz porque existe el pecado. Pero también porque existe el Amor, pues la Cruz es fruto del amor de Dios ante el pecado de los hombres, por ese amor quiso enviar a su Hijo al mundo para que realizara la salvación de los hombres con el sacrificio de su propia vida. Por eso la Cruz es el instrumento que revela la misericordia y la justicia de Dios.
En primer lugar, revela la misericordia de Dios. La Sagrada Escritura refiere que el Padre entregó a su Hijo en manos de los pecadores. Y por la unidad de las Personas divinas en la Trinidad, en Jesucristo, Verbo encarnado, está siempre presente el Padre que lo envía. Por este motivo, con la libre decisión de Jesús de entregar su vida por nosotros, está también la entrega que el Padre nos hace de su amado Hijo. Esta entrega manifiesta más que ningún otro gesto de la historia de la salvación el amor del Padre hacia los hombres y su misericordia.
La Cruz también nos revela la justicia de Dios que no consiste en hacer pagar al hombre por su pecado, sino en devolver al hombre al camino de la verdad y del bien, restaurando las bendiciones que el pecado destruyó. La fidelidad, la obediencia y el amor de Cristo a su Padre Dios; la generosidad, la caridad y el perdón de Jesús a sus hermanos los hombres; así como su veracidad, su justicia e inocencia, mantenidas y afirmadas en la hora de su pasión y de su muerte, cumplen esta función: eliminaron la fuerza condenatoria del pecado y abrieron nuestros corazones a la santidad y a la justicia.
Como fruto del sacrificio de Cristo y por la presencia de su fuerza salvadora, al haber aceptado que se sacrificó por nosotros, podemos comportarnos como hijos de Dios, como “coherederos con Cristo” de todos los tesoros, recursos y privilegios del reino de Dios.
Jesús conoció desde el principio, y en modo adecuado al progreso de su misión y de su conciencia humana, que el rumbo de su vida lo conducía a la Cruz. Y lo aceptó plenamente: vino a cumplir la voluntad del Padre hasta los últimos detalles, y ese cumplimiento le llevó a «dar su vida en rescate por muchos» Mr 10, 45.
En la realización de la tarea que el Padre le había encomendado, Jesús encontró la oposición de las autoridades religiosas de Israel, que lo consideraban un impostor, por lo que «algunos jefes de Israel lo acusaron de actuar contra la Ley, contra el Templo de Jerusalén y, particularmente, contra la fe en el Dios único, porque se proclamaba Hijo de Dios. Por ello lo entregaron a Pilato para que lo condenase a muerte».
Los que condenaron a Jesús pecaron al rechazar la Verdad que es Cristo. Aunque, todo pecado es un rechazo de Jesús y de la verdad que Él nos trajo, por ello todo pecado se encuentra en la Pasión de Cristo.
Pero, «La pasión y muerte de Jesús no pueden ser atribuídos a los judíos que vivían entonces, ni a los judíos venidos después, pues todo pecador es causa de los sufrimientos del Redentor».
Jesús murió para librarnos de nuestros pecados (Rm 4, 25) y rescatarnos de la esclavitud que el pecado introdujo en la vida humana.
La Sagrada Escritura dice que la pasión y muerte de Cristo son:
● En primer lugar, SACRIFICIO DE ALIANZA. Jesús, al ofrecer a Dios su vida en la Cruz, estableció la Nueva Alianza, la nueva forma de unión de Dios con los hombres que había sido profetizada por Isaías (Is 42, 6), Jeremías (Jr 31, 31-33) y Ezequiel (Ez 37, 26). Ese nuevo Pacto es la alianza sellada en el cuerpo de Cristo ofrecido y en su sangre derramada. (Mt 26, 27-28).
● En segundo lugar, la pasión y muerte de Cristo son SACRIFICIO DE EXPIACIÓN, porque limpian y purifican del pecado (Rm 3, 25; Hb 1, 3; 1 Jn 2, 2; 4, 10).
● En tercer lugar, LA CRUZ ES SACRIFICIO DE PROPICIACIÓN Y DE REPARACIÓN POR EL PECADO (Rm 3, 25; Hb 1, 3; 1 Jn 2, 2; 4, 10). Pues con su entrega voluntaria a la muerte, Cristo manifestó al Padre el amor y la obediencia que los hombres le habíamos negado con nuestros pecados y su entrega hizo justicia y satisfizo al amor de Dios que habíamos rechazado desde el origen de la historia.
● Y en cuarto lugar, LA CRUZ DE CRISTO ES ACTO DE REDENCIÓN Y DE LIBERACIÓN DE LOS HOMBRES ya que Jesús pagó nuestra libertad con el precio de su sangre, es decir, de sus sufrimientos y su muerte (1 Pe 1, 18). Con su entrega logró nuestra salvación para que pudiéramos acceder al reino de los cielos. Como dice San Pablo en Col 1, 13-14: «Dios nos libró del poder de las tinieblas y nos llevó al reino de su amado Hijo, por quien tenemos la liberación y el perdón de los pecados.».
Y ése es el principal efecto de la Cruz: eliminar el pecado y todo lo que se opone a la unión del hombre con Dios. La Cruz, además de cancelar los pecados, nos libra también del diablo, por lo que el diablo nada puede contra quien está unido a Cristo como dice San Pablo en Rm 8, 31;32;38 y 39 “¡Si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar contra nosotros! Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos también, junto con su Hijo, todas las cosas? Estoy convencido de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!”
También la muerte deja de ser separación eterna de Dios, y queda solo como la entrada a nuestro último destino (1Co 15, 55-56).
Junto con la Resurrección y la gloriosa Exaltación de Jesús, la Cruz es origen de la justificación del hombre, no sólo de la eliminación del pecado y de los demás obstáculos, sino también de la promoción de la vida nueva, que es la fuerza de la gracia de Cristo que santifica.
La Redención lograda por Cristo en la Cruz es para todos; pero es preciso que cada uno aplique a su vida, el fruto y los méritos de la Pasión y Muerte de Cristo por medio de la fe y los Sacramentos, es decir, debemos creer que hemos sido perdonados de nuestros pecados y que tenemos acceso a una vida nueva que se fortalece cuando participamos de los Sacramentos que nos hacen participar en la Pascua de Cristo y hacer nuestra la salvación que ella provee.
Jesús es la causa única y universal de la salvación humana, pero Dios Padre ha querido que fuéramos no sólo redimidos sino también corredentores. Esto significa que Cristo, en su divina persona encarnada, «se ha unido con todo hombre» y «ofrece a todos la posibilidad de que se asocien a este misterio pascual» (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16,24) porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1P 2, 21). El quiere asociarnos a su sacrificio redentor a nosotros sus favorecidos. (Mr 10,39; Jn 21,18-19; Col 1,24 Por eso nos llama a tomar su Cruz y a seguirle (Mt 16, 24).
San Pablo escribe en Ga 2, 20: «Yo estoy con Cristo en la Cruz, y no soy yo el que vive sino que Cristo vive en mí»: esto significa que para alcanzar la identificación con Cristo hay que abrazar la Cruz; por ello Dios no ha querido librarnos de todas las penalidades de esta vida, para que aceptándolas nos identifiquemos con Cristo y merezcamos la vida eterna, pero también para que cooperemos en la tarea de llevar a los demás los frutos de la Redención.
La enfermedad y el dolor, ofrecidos a Dios en unión con Cristo, alcanzan un gran valor redentor, como también la mortificación corporal, como el ayuno que se nos invita a practicar durante la Cuaresma, mortificación practicada con el mismo espíritu con que Cristo padeció libre y voluntariamente en su Pasión: por amor, para redimirnos expiando por nuestros pecados.
Meditemos esto y cumplamos con el llamado que nos hace hoy el Señor, para nuestra bendición y para honra y gloria de Jesucristo, nuestro Salvador y Señor.

Fin de la Segunda parte

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