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Perdonar es un acto de amor

PERDONAR ES UN ACTO DE AMOR

Para iniciar este tema, debemos saber que hay un gran poder sanador en el amor, por ello Jesús ordenó: “Mi mandamiento es este: Que se amen unos a otros como yo los he amado a ustedes.” Jn 15,12. Ahora bien, hay muchas personas que rehusan abrirse al amor de Dios y llegan a enfermarse porque la falta de amor y de perdón en sus vidas bloquea totalmente el fluír de la sanación que Dios quiere darles.
Por ello nuestro Señor y Salvador enseñó en el Padrenuestro: “Perdona nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a todos los que nos hacen mal.” Lc 11,4 y también enseñó, según leemos en Mr 11,25: “Cuando estén orando, perdonen lo que tengan contra otro, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados.” Manifestando de esa manera, la necesidad que tenemos de limpiar nuestro corazón de las ofensas y todo cuanto tengamos en contra de nuestro prójimo. Por ello también debemos pedir perdón a quienes hayamos hecho algún mal.
Cuando Jesús habló del amor y del perdón fue radical. No dijo: “Si quieren o pueden…, No. Él dijo: ámense, perdónense. Recuerda esa cita: “perdonen lo que tengan contra otro, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes.”
Dios es luz, dice 1ª Jn 4,8 y donde está Dios hay luz y amor, por lo tanto también perdón. Si nos negamos a perdonar, por orgullo o soberbia, bloqueamos la acción del Espíritu Santo sobre nuestras vidas lo que significa que voluntariamente decidimos permanecer en la oscuridad.
Todos tenemos necesidad de amor, pero, cuando somos heridos, instintivamente devolvemos lo que sentimos, rechazo, disgusto, odio, etc. Y si permitimos esos sentimientos negativos, será como construir, a nuestro alrededor, un muro que nos separa de los demás y que aísla nuestro corazón que se endurece por la falta de perdón y la amargura que guardamos en él.
Pero, si perdonamos, removemos ese muro que construimos. Basta una oración de perdón y reconciliación para demolerlo y así le permitiremos al Espíritu Santo actuar libremente y nos llene del amor de Dios que correrá libremente por nuestro corazón para que lo demos a los demás.
La Biblia enseña que “Amar es estar dispuesto a decir “Te perdono” tan frecuentemente como sea necesario.
Pero, es necesario que tengamos claro, que, si bien la fuente del perdón es Dios, en nosotros está tomar la decisión de perdonar, y hacerlo es una forma de manifestar que estamos permitiéndole al Espíritu Santo que actúe en nuestra vida, para nuestra propia bendición y para liberar de las cargas a quien nos haya ofendido, pues aunque no podamos verlas, son cargas espirituales que echamos sobre su corazón al tener sentimientos negativos en su contra. Entonces, al perdonarlos, estaremos permitiéndoles que disfruten de paz y de amor.
Es por ello que debemos perdonar pronta, generosa y reiteradamente, como nos enseñó Jesús, según leemos en Mt 18,21-22: “Pedro fue y preguntó a Jesús: Señor, ¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano, si me hace algo malo? ¿Hasta siete? Jesús le contestó: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”, es decir, siempre.
Esto lo notamos en la máxima expresión del amor de Jesús, que estuvo dispuesto a morir para que obtuviéramos el perdón, librándonos de esa manera, de todas las culpas que nos hacían merecedores de la muerte. Él hizo su parte y nosotros solo debemos reconocer que lo hizo por nosotros y aceptarlo como nuestro Salvador y Señor.
Nosotros, que nos llamamos seguidores de Cristo, debemos actuar de igual manera: perdonando siempre, como manifestación del amor de Dios que mora en nuestro corazón.
Cuando queremos recibir el perdón y reconciliarnos con Dios y con la Iglesia formada por cada uno de los bautizados, debemos acudir al Sacramento de la Reconciliación y confesarnos ante el Sacerdote que es el ministro, asignado por Jesucristo, para que en su nombre nos otorgue la absolución de nuestros pecados. Pero, nosotros debemos ir más allá en nuestra relación con los demás y estar dispuestos a otorgar el perdón antes de que se nos solicite, es decir, perdonar en nuestro corazón, aunque no lo hayamos expresado, liberándonos de la carga de resentimiento que la ofensa o el mal pudiera habernos causado.
Nuestras ofensas a los demás nos separan, al igual que sucede con la relación con Dios, el pecado nos aleja de Él.
Debemos reconocernos pecadores y necesitados del perdón, porque en esa medida seremos misericordiosos con los demás pues en ellos reconocemos nuestra propia situación y necesidad de sentirnos perdonados, comprendidos y amados.
Sobre el amor y el perdón dice Pablo en su 1ª Cor 13,4-7: “Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.”
Y San Juan en su 1ª Jn 2,9-11, dice: “Si alguno dice que está en la luz, pero odia a su hermano, todavía está en la oscuridad. El que ama a su hermano vive en la luz, y no hay nada que lo haga caer. Pero el que odia a su hermano vive y anda en la oscuridad, y no sabe a dónde va, porque la oscuridad lo ha dejado ciego.”
Debemos entonces, crecer en gracia, misericordia y caridad y alcanzaremos nuestra sentificación, que es (debe ser) la meta de nuestra vida, como nos indica 1ª Pe 1,15-16: “Vivan de una manera completamente santa, porque Dios, que los llamó, es santo; pues la Escritura dice: “Sean ustedes santos, porque yo soy santo.”
El evangelio conduce la ley a su plenitud, cuando nos traslada lo que Jesús dijo: “Yo les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen.” Cambiando así la ley que indicaba “Ojo por ojo, diente por diente,” Ex 21,24.
Vemos el conflicto constante entre luz y oscuridad, con los contrastes que se dan entre El Espíritu, que es luz y Satanás que es oscuridad; con el amor que es luz, y el odio que es oscuridad; entre Jesús que nos consiguió el perdón y es luz, y la falta de perdón que es oscuridad.
En la Parábola del hijo pródigo en Lc 15,11-32, vemos el verdadero perdón cuando el padre recibe a su hijo olvidando lo malo que hizo. Corre hacia él, lo recibe felíz, con abrazos y besos y lo viste con las mejores ropas;pero el hermano mayor, sintió enojo por el recibimiento amoroso que le hizo su padre, egoístamente pensó en sí mismo y no en su padre y en la enorme carga que se le había quitado de los hombros por el regreso del hermano menor. Manifestando así que la falta de perdón es falta de amor, egoísmo.
Santo Tomás define el amor así: “Amor es querer lo mejor para la persona amada y hacer lo que razonablemente se pueda para traer cosas buenas a la vida de esa persona”. Con esto vemos que el amor se enfoca en la otra persona y no en nosotros mismos.
Y como perdonar es extender nuestro amor hacia la otra persona, con el amor reemplazamos la oscuridad y el sentirse mal por el mal realizado, con el amor y la luz de Cristo y con aceptación, reinsertando a la persona perdonada a nuestra vida, otorgándole además, libertad, paz y gozo, llevando a cabo de esta forma el engrandecimiento del Reino al obedecer a Jesús que nos traslada Jn 13,34: “Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros.” Y recordemos que Jesús murió como manifestación de su amor por nosotros.
Aprendamos y adoptemos de Dios “perdonarlo todo, sin recordar nada de lo que perdonamos.”
Aunque para recibir el perdón, es indispensable, que cumplamos algunas condiciones como que nos arrepintamos de haber ofendido a Dios y/o al prójimo y nos propongámos de corazón no volver a hacerlo; que nos volvamos a Dios, es decir que nos convirtamos, aceptando el perdón que obtuvimos por el sacrificio de Jesús y dejemos el pecado para seguir sus enseñanzas, normas y mandamientos, lo cual implica tener fe en Él como Hijo de Dios.
El Catecismo, en el numeral 982 dice: “No hay ninguna falta por grave que sea, que la Iglesia no pueda perdonar. «No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero». Cristo, que murió por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.” (como dice Jesús en Mat, 8,21-22, perdonar hasta setenta veces siete).”
Ahora querido oyente, inclina tu rostro y en actitud de oración repite conmigo:
Oh Dios que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, ten piedad de nosotros y perdona nuestros pecados, ayúdanos a no ofenderte más apartándonos de tus mandamientos, y a obedecerte y seguir tus enseñanzas. Perdona también nuestras faltas contra nuestro prójimo y dános un corazón amoroso y perdonador para que perdone siempre, pronto y generosamente y así pueda disfrutar de la vida plena que tu Hijo Jesús vino a darnos. Que así sea.

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